martes, 27 de junio de 2017

El viento del sur



                                    Mario Arregui 


                      
Mi casa está levantada al viento, al viejo y vibrante viento del Sur. Yo mismo la determiné aquí, en la desolada garganta de los cerros, a tres leguas del caserío más cercano, a una legua del mar, justo en la ruta más violenta del viento. No he querido sumarle ni un árbol ni un arbusto, nada que la emboce, nada que la defienda. . . Aquí vivo sin hacer otra cosa que vivir, lentamente, baldíamente.
El viento sopla siempre, o casi siempre, y para mí toda la enmohecida rueda del año es invierno, o algo muy semejante al invierno. Sale del mar el viento, sale con lluvias tumultuosas, con espectros polares y voces lúgubres enredadas en la espuma, y asalta la costa y trepa infinitamente los cerros, persiguiéndose a sí mismo. Las tormentas sangran y huyen sobre mí; las nubes bajas lloran en las ventanas y me golpean la cara cuando camino o cabalgo. También salen del mar los solitarios días y también escalan los cerros; son días breves, pálidos, quebrantados, que parecen tener prisa en alcanzar las cumbres y rodar hacia la insondable fosa común de los días. Las noches, en cambio, caen como muertas del cielo empañado y son largas, tremendamente largas, y en ellas el mar se aproxima como un ejército y la niebla aterida pretende forzar mi puerta... Yo no sé si amo u odio al viento; sólo sé que vivo en él y que moriré aquí, en su camino y su presencia.
Mi mujer es blanca y callada. Tiene la boca húmeda y triste y muy hermosos ojos verdes, estancados. Pasa su tiempo junto a una ventana que no mira al mar, fumando cigarrillos. A veces canta con voz tan húmeda y triste como su boca, y otras veces lee libros escritos en un idioma que yo no entiendo. Yo no sé si la quiero. Vivimos juntos, comemos en la misma mesa, dormimos en la misma cama, solemos besarnos ahincada, reciamente y amarnos en silencio hacia las altas horas de las más espesas noches de viento y lluvia; pero yo no sé si la quiero. Tampoco sé si ella me quiere. Yo sé, eso sí, que ella odia al viento.
Y ella no sabe —nadie sabe— por qué señalé este lugar inhabitable para levantar mi casa. Todo viene de algo que me sucedió aquí una noche, hace años. Yo vivía —con ambiciones, con relojes— en una gran ciudad donde los hombres se apresuran entre edificios inmortales. Por un azar que no intentaré reconstruir ni descifrar, estaba esa noche en esta costa, y caminaba solo a la orilla del océano, empujando mi cuerpo contra la sustancia oscura y áspera del viento del Sur. Había, a ras del horizonte marino, una luna en menguante mojada y casi muerta de frío, como salvada apenas de las aguas. Del otro lado, los cerros y el cielo se fundían en una alta muralla de tinieblas. La soledad era total, asombrosa; era la simple, perfecta soledad del planeta sin hombres, la misma que ahora me es como el rostro que cada mañana me atestigua desde el espejo. Yo caminaba y caminaba, inclinaba hacia adelante mi cuerpo, no permitía que mis pasos vacilaran. Más que un lugar, era la mañana, la luz, lo que me proponía ya como punto de llegada. Mientras tanto, la luna se izaba penosamente y la noche se me hacía cada vez más cavernosa y vasta, parecía ahuecarse y retroceder delante de mí. Me sentí incapaz de arribar al alba y busqué el amparo de unas rocas; con resaca y pedazos de tablas que balbuceaban relatos de naufragios, logré una hoguera que me llenó en seguida de un placer casi sagrado; aturdido de cansancio y también feliz, me tendí entregadamente en la arena.
Una joven de rostro muy bello y dulce —y desnuda, morena, empapada— avanzaba con gran lentitud hacia mí. Su boca me sonreía y yo creía ver amor conocido y antiguo en la sonrisa; sus ojos se adormecían en el fondo de mis ojos. Una tenue luz de luna verde se deshilachaba sobre ella, rodeándola como un perfume temeroso, y encendía apenas en su piel los hilos del agua. Avanzaba sin mover las piernas, sin hacer un solo movimiento, deslizándose lo mismo que un navío, con el pelo manando agua incesante y las manos abiertas como flores a la altura de los senos pequeños. No sólo de su cara y del remansado, íntimo mirar de sus ojos nacía la dulzura, sino también de todo su cuerpo suelto y quieto, de la delicadísima lumbre que la rodeaba y hasta de su venir así, tan serena y sonriente y como dormida, en el viento que la traía. Yo la esperaba de pie, trémulo, viril, sonriéndole a mi vez. No caminé a su encuentro: esperé en una inmóvil felicidad, sin el menor asomo de impaciencia. Llegó hasta mi, me dio todo el fervor de su sonrisa, me tendió amorosamente los brazos e inclinó con fatiga y ternura la cabeza. Yo la abracé y la sostuve. Estaba fría, helada. Yo ceñí mi abrazo; ella apretó contra mí su cuerpo desnudo, y su frío atravesó mis ropas.
El frío me despertó: tiritaba junto a las brasas extenuadas de mi fogata. Tuve que hacer un gran esfuerzo para volver al mundo de la vigilia, y no sé hasta qué punto pude unir y centrar mi alma. Me incorporé y me apoyé en una roca, mareado, como con falta de sangre. La luna había alcanzado la mitad del cielo y allí se estaba crucificada en el viento, mortecina y milagrosa. A la altura de mis ojos, denunciando el horizonte sobre las aguas rizadas, temblaban algunas estrellas húmedas. Me pareció que la noche no era la misma, que era aún más insondable, más misteriosamente poblada, más dueña de todo, más noche que antes. Algo sentí también cambiado en mis adentros: mi soledad era mayor o más honda, una herida sin nombre ni lugar me dolía, un impulso fosforescente me enviaba hacia las olas. . . Eché a caminar, tal vez tambaleándome; recibí en la cara los golpes del viento y de gotas rabiosas, llegué al límite de las olas, me detuve y caí de rodillas: una joven desnuda, morena, empapada, yacía de espaldas en medio de la espuma. Adelanté mis manos. Estaba fría, helada; había arena y algas en su piel. Le retiré el pelo de la frente y me doblé sobre su rostro bello y dulce, tenuemente alumbrado por la luna, y sufrí la sonrisa que yacía como otra vida muerta sobre su boca. Quizá lloré, quizá estuve sollozando; pero no recuerdo. No sé tampoco cuánto tiempo permanecí arrodillado, inmóvil, con mi cara muy cerca de la suya y mis manos prisioneras en el frío de su cuerpo y su piel. Al fin la abracé y me erguí con ella en los brazos, de cara al mar, mientras el viento se ensañaba con nosotros. Yo la sostenía, la ceñía, la miraba; varias veces, con infinito cuidado, la besé. Ella seguía sonriendo; su frío atravesaba mis ropas; tenía los ojos entrecerrados y muy en relieve los arcos de las cejas. . . El golpear del viento crecía, crecía, crecía como algo que sube y se afirma sobre su propia violencia. Una ola más poderosa que las otras llegó de un salto, se rompió en mis rodillas y nos envolvió en una llamarada blanca y hambrienta. Apreté entonces a la joven con todas mis fuerzas y me volví y eché a correr enloquecidamente, huyendo, huyendo del mar, del viento, corriendo con ella contra mi pecho por la playa, por el campo muerto que baja de los cerros. El viento me perseguía, me empujaba, me golpeaba la espalda, intentaba enredarme las piernas. La pobre luna me alumbraba como podía la arena, los charcos, el campo vacío, el páramo que se iba haciendo pedregoso. Yo apretaba a la joven y corría, corría, tropezando, jadeando, enganchándome en los miserables arbustos, esquivando apenas las piedras grandes... Corrí hasta que no pude levantarme después de una caída. El viento pasó sobre mí: toda la noche, toda la interminable vejez de la noche estuvo pasando sobre mí, galopando y arrastrándose sobre mí, y yo con mi cuerpo protegía a la joven muerta.
En el preciso lugar donde caí y donde estuve hasta el día abrazado a mi muerta, levanté después esta casa. Y aquí vivo sin hacer otra cosa que vivir, y aquí he de morir, en el viento. El viento sopla siempre, o casi siempre, y mi mujer, blanca y callada, fuma cigarrillos junto a la ventana. Sale del mar el viento, sale con lluvias y sonidos lúgubres, y asalta la costa y trepa los cerros. También salen del mar los solitarios días y también el tiempo del que se nutren las noches. Yo vivo lentamente, baldíamente — o, mejor dicho, dejo que me vivan los fugaces, húmedos metales de los días y que me camine la carne y los huesos la lenta, densa, negra materia de las noches.


MARIO ARREGUI nació en Trinidad (Flores) en 1917 y murió en Montevideo en 1985. Cultor exclusivo del género cuento, publicó, entre otros, Noche de San Juan y otros cuentos (1956) y Hombres y caballos (1960) con relatos que serían luego refundidos en La sed y el agua (1964) donde de agrega algunos textos nuevos. En 1972 publicó El narrador, y en 1979 La escoba de la bruja, perteneció a la generación del 45.

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