martes, 27 de junio de 2017

El canto de las sirenas





Mario Arregui
Cierta noche Juan soñó un sueño. Soñó que él y once hombres más habían sido condenados a muerte. Los doce fueron alineados a lo largo de un paredón altísimo, con las manos atadas a la espalda y bien amarrados a unos postes provistos de argollas de hierro. Juan quedó colocado en cuarto lugar a contar desde su derecha. Era tal vez el amanecer y había una luz quieta y sin origen, una extraña luz verdosa, submarina. El verdugo, armado de un gran espadón curvo, comenzó su tarea desde la izquierda de Juan. Con un único y repetido y preciso golpe seco, fue cercenando una a una las cabezas de los condenados. Estas caían al suelo, sin sangrar, y a veces rebotaban y rodaban pero siempre quedaban verticales, bien plantadas sobre el corte del cuello, y movían los ojos y más aún los labios. La verdad es que movían apasionadamente los labios pero ninguna voz se oía: todo acaecía en un mundo sin sonido, en un silencio tan extraño y submarino como la luz. Ocho cabezas cayeron; el verdugo se enfrentó a Juan y levantó su espadón; Juan tembló de miedo y el miedo lo despertó.
La mano de Juan encontró el interruptor de la lámpara y sacó de la oscuridad las paredes y los muebles del dormitorio. Estaba sentado en la cama, sudoroso de un sudor que rápidamente se enfriaba. Respiró muy hondo, con un grandísimo alivio, y casi sonrió. Su mujer dormía a su lado, un tanto impersonal y con esa inocencia tan sexuada con que suelen dormir las mujeres. Otra vez respiró hondo, paseando por la habitación una mirada recuperadora. En seguida irguió un poco el torso y logró ver su cara en el espejo del ropero, y entonces, cariñosamente, se saludó con una sonrisa ahora abierta. Después apagó la lámpara, se apretó contra el cuerpo de la mujer, volvió a dormirse.
A la mañana siguiente despertó como todos los días, y luego, cuando canturreaba bajo la ducha, recordó de golpe su pesadilla. El recuerdo lo asaltó con una prodigiosa nitidez, tanto más asombrosa cuanto que normalmente no era de los capaces de reconstruir sus sueños. Dejó de canturrear y quedó mirando las baldosas del piso, como si esperara ver las cabezas cortadas entre los minúsculos arroyitos de agua jabonosa. Al asombro se unían, asociadas, la sensación de haber sido invadido a traición por alguien o algo que jugaba con él y una angustia que nacía en su pecho pero apenas era suya. Esa angustia rarísima le preguntaba (o hacía que se preguntara, acuciosamente) por qué recordaba así y qué decían las cabezas gesticulantes. Nada podía contestar o contestarse, y seguía quieto, como ahuecado, como sin tiempo propio, mirando el agua que corría con mansedumbre, sintiéndose víctima caída en una trampa. Ocasionalmente creyó ver en la movilidad del agua fugaces bocetos de cabezas que hablaban, incluso llegó a inclinarse y a aguzar el oído para escuchar las voces imposibles... Mucho le costó salir de aquel trance.
Mientras se vestía, se propuso -sin saber por qué, sin preguntárselo- no contar a nadie lo que acababa de ocurrirle. Le dijo un casi distante "Hasta luego" a la mujer y salió a la calle; caminando hacia la parada del ómnibus, pensó que muy pronto olvidaría todo y que podría seguir viviendo con la despreocupada semifelicidad de siempre.
Pero pasaban los días sin que se borrara en lo más mínimo el recuerdo, la obsesión, de las cabezas caídas. Y se fue convirtiendo, casi, en dos hombres: uno, el que cursaba lo cotidiano con una cara que fingía ser la de antes; el otro, el reciente que se ensimismaba y a menudo se perdía en un hermético y recurrente soliloquio. ¿Qué decían las cabezas? ¿Eran en verdad inaudibles? ¿Eran inaudibles siempre y para todos? No ignoraba que el mundo de los sueños es infinitamente más vasto que el de la vigilia y que un despertar puede ser un vertiginoso empobrecimiento, y se decía que aquel despertar que tanto lo alegrara había sido algo del orden de un robo, una estafa, un escamoteo. De no haber despertado, se decía, el verdugo lo hubiera decapitado y su cabeza erguida a sus pies hubiera hablado lo mismo que las otras y él hubiera oído su voz de muerto o la voz de su muerte; y su muerte, o mejor dicho la muerte, o mejor dicho desde la muerte... Sí, su cabeza ya en la eternidad hubiera pronunciado, con boca más suya que nunca, los nombres o las metáforas de las cosas que solamente un Dios, si lo hay, puede saber, y él, un pobre ser hecho de tiempo y de interrogación en el tiempo, hubiera podido escuchar -más acá o más allá de aquel silencio que sin duda no era tal- las palabras de aquella cabeza, ¡tan ajena y tan suya!, instalada en el centro mismo de las sabidurías. Si, sí y otra vez sí: de no haber despertado hubiera tenido las claves de mil y un secretos...o la clave de un solitario y severo secreto padre de todos los secretos.
Noche a noche esperó Juan que los demiurgos de sus sueños retomaran la historia de las cabezas cortadas. Fue una espera en vano: el verdugo y su espadón no volvieron a visitarlo. Despertaba defraudado, siempre. Un día cualquiera comenzó a decirse que sólo en la muerte podría perseguir la continuación de su aventura, que sólo siendo un muerto podría alcanzar la revelación que falazmente le había prometido la más tentadora de las pesadillas.
No importan las vacilaciones de su nuevo soliloquio y tampoco importa el numero de los sellos para dormir. Baste saber que hay una noche en que finalmente decide tomarlos. Esa noche se acuesta como todas las noches y duerme y tal vez sueña. Duerme profundamente y en algún momento deja de soñar. Su mujer, hacia el alba, lo notará frío y saltará, aullando, de la cama. 

MARIO ARREGUI, exelente narrador uruguayo, nació en Trinidad (Flores) en 1917 y murió en Montevideo en 1985. Cultor exclusivo del género cuento, publicó, entre otros, Noche de San Juan y otros cuentos (1956) y Hombres y caballos (1960) con relatos que serían luego refundidos en La sed y el agua (1964) donde de agrega algunos textos nuevos. En 1972 publicó El narrador, y en 1979 La escoba de la bruja.Perteneció a la generación del 45.

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